Extracto del libro "Múltiples intereses del Sicoanálisis de Sigmund Freud
Tanto en el hombre normal como en los enfermos tropezamos con una serie de expresiones mímicas
y verbales y con numerosos productos mentales que no han llegado a ser hasta ahora objeto de la Psicología
por haberlos considerado meramente como resultados de una perturbación orgánica o de una disminución
anormal de la capacidad funcional del aparato anímico. Me refiero a las funciones fallidas (equivocaciones
orales o en la escritura, olvidos, etc), a los actos casuales y a los sueños de los normales y a los ataques
convulsivos, delirios, visiones, ideas y actos obsesivos de los neuróticos. Estos fenómenos -en cuanto no han
pasado, como las funciones fallidas, totalmente inadvertidos- se ha venido adscribiendo a la Patología,
esforzándose en hallarles explicaciones fisiológicas que jamás han resultado satisfactorias. El psicoanálisis ha
demostrado, en cambio, que todos estos fenómenos pueden ser explicados e integrados en el conjunto
conocido del suceder psíquico por medio de hipótesis de naturaleza puramente psicológica. Nuestra disciplina
ha restringido así el radio de acción de la Fisiología, conquistando, en cambio, para la Psicología una parte
considerable de la Patología. La máxima fuerza probatoria corresponde aquí a los fenómenos normales, sin
que pueda acusarse al psicoanálisis de transferir a lo normal conocimientos extraídos del material patológico,
pues aporta sus pruebas independientemente unas de otras en cada uno de dichos sectores y muestran así que
los procesos normales y los llamados patológicos siguen las mismas reglas.
De los fenómenos normales a que nos venimos refiriendo, esto es, de los observables en hombres
normales, dedicaremos atención preferente a dos: las funciones fallidas y los sueños.
Las funciones fallidas, o sea el olvido ocasional de palabras y nombres, el de propósitos, las
equivocaciones orales en la lectura y la escritura, el extravío de objetos, la pérdida definitiva de los mismos,
determinados errores contrarios a nuestro mejor conocimiento, algunos gestos y movimientos habituales, todo
esto que reunimos bajo el nombre común de funciones fallidas del hombre sano y normal ha sido, en general,
muy poco atendido por la Psicología, atribuyéndose a la «distracción» y considerándose derivado de la fatiga,
de la falta de atención o de un afecto accesorio de ciertos leves estados patológicos. La investigación analítica
ha demostrado con suficiente certeza que tales factores últimamente citados constituyen, todo lo más,
circunstancias favorables a la producción de los fenómenos de referencia, pero nunca condiciones
indispensables de la misma. Las funciones fallidas son verdaderos fenómenos psíquicos y entrañan siempre
un sentido y una tendencia, constituyendo la expresión de determinadas intenciones, que a consecuencia de la
situación psicológica dada no encuentran otro medio de exteriorizarse. Tal situación, es, por lo general, la
correspondiente a un conflicto psíquico y en ella queda privada de expresión directa y derivada por caminos
indirectos la tendencia vencida. El individuo que comete el acto fallido puede darse cuenta de él y puede
conocer separadamente la tendencia reprimida que en su fondo existe, pero ignora, en cambio, casi siempre y
hasta que el análisis se lo revela, la relación causal existente entre la tendencia y el acto. Los análisis de las
funciones fallidas son, muchas veces, fáciles y rápidos. Una vez advertido el fallo por el sujeto, su primera
ocurrencia suele traer consigo la explicación buscada.
Los actos fallidos constituyen el material más cómodo para confirmar las hipótesis psicoanalíticas.
En un trabajo que data de 1904 he reunido numerosos ejemplos de este orden, con su interpretación
correspondiente, colección que ha sido luego aumentada por las aportaciones de otros observadores.
El motivo que más frecuentemente nos mueve a reprimir una intención, obligándola así a contentarse
con hallar expresión indirecta en un acto fallido, es la evitación de displacer. De este modo olvidamos
tenazmente un nombre propio cuando abrigamos hacia la persona a quien corresponde un secreto enfado o
dejamos de realizar propósitos que sólo a disgusto hubiéramos llevado a cabo, forzados, por ejemplo, por las
conveniencias sociales. Perdemos un objeto cuando nos hemos enemistado con la persona a quien nos
recuerda o que nos lo ha regalado. Tomamos un tren equivocado cuando emprendemos el viaje a disgusto y
hubiéramos querido permanecer en donde estábamos a trasladarnos a lugar distinto. Donde más claramente se
nos muestra la evitación de displacer como causa de estos fallos funcionales es en el olvido de impresiones y
experiencias, circunstancia observada ya por autores preanalíticos. La memoria es harto parcial y presenta una
gran disposición a excluir de la reproducción aquellas impresiones a las que va unido un afecto penoso,
aunque no siempre lo consiga.
En otros casos el análisis de un acto fallido resulta menos sencillo y conduce a soluciones menos
transparentes a causa de la intervención de un proceso, al que damos el nombre de desplazamiento. Así,
cuando olvidamos el nombre de una persona contra la cual nada tenemos, el análisis nos hace ver que dicho
nombre ha despertado asociativamente el recuerdo de otra persona de nombre igual o semejante que nos
inspira disgusto. El olvido del nombre de la persona inocente ha sido consecuencia de tal relación, resultando
así que la intención de olvidar ha sufrido una especie de desplazamiento a lo largo de un determinado camino
asociativo.
La intención de evitar displacer no es la única causa de los actos fallidos. El análisis descubre en
muchos casos otras tendencias que, habiendo sido reprimidas en la situación correspondiente, han tenido que
manifestarse como perturbaciones de una función. Así, las equivocaciones orales delatan muchas veces
pensamientos que el sujeto quería mantener ocultos a su interlocutor. Varios grandes poetas han comprendido
este sentido de tales equivocaciones y las han empleado en sus obras. La pérdida de objetos valiosos resulta
ser muchas veces un sacrificio, encaminado a alejar una desgracia temida, no siendo ésta la única superstición
que aún se impone a los hombres cultos bajo la forma de un acto fallido. El extravío temporal de objetos no
es, por lo común, sino la realización inconsciente del deseo de verlos desaparecer, y su rotura, la de
sustituirlos por otros mejores.
La explicación psicoanalítica de las funciones fallidas trae consigo, no obstante la insignificancia de
esos fenómenos, cierta modificación de nuestra concepción del mundo. Hallamos, además, que el hombre
normal aparece movido por tendencias contradictorias con mucha mayor frecuencia de lo que sospechábamos.
El número de acontecimientos a los que damos el nombre de «casuales» queda considerablemente limitado.
En cierto modo resulta consolador pensar que la pérdida de objetos no constituye casi nunca una casualidad, y
que nuestra torpeza no es muchas veces sino un disfraz de intenciones ocultas. Mucha mayor importancia
entraña el descubrimiento analítico de una participación inconfesada de la propia voluntad del sujeto en
numerosos accidentes graves, que de otro modo hubieran sido adscritos a la casualidad. Este hallazgo del
psicoanálisis viene a hacer aún más espinosa la diferenciación entre la muerte por accidente casual y el
suicidio, tan difícil ya en la práctica.
La explicación de los actos fallidos presenta, desde luego, un innegable valor teórico por la sencillez
de la solución y la frecuencia de tales fenómenos en el hombre normal. Pero como el resultado del
psicoanálisis no es comparable en importancia al obtenido en la aplicación de la misma a otro fenómeno
distinto de la vida anímica de los hombres sanos. Me refiero a la interpretación de los sueños con la cual
comienza el psicoanálisis a situarse enfrente de la ciencia oficial. La investigación médica considera los
sueños como un fenómeno puramente somático, desprovisto de todo sentido y significación, no viendo en ello
sino la reacción del órgano anímico, dormido a estímulos somáticos, que le fuerzan a despertar parcialmente.
El psicoanálisis, superando la singularidad, la incoherencia y el absurdo del fenómeno onírico lo eleva a la
categoría de un acto psíquico que posee sentido e intención propios y ocupa un lugar en la vida anímica del
individuo. Para ella, los estímulos somáticos no son sino uno de los materiales que la formación de los sueños
elabora. Entre estas dos concepciones de los sueños no hay acuerdo posible. En contra de la concepción
fisiológica, testimonia su infertilidad. A favor del psicoanálisis puede aducirse el haber traducido con pleno
sentido y aplicado al descubrimiento de la más íntima vida anímica del hombre millares de sueños.
Tanto en el hombre normal como en los enfermos tropezamos con una serie de expresiones mímicas
y verbales y con numerosos productos mentales que no han llegado a ser hasta ahora objeto de la Psicología
por haberlos considerado meramente como resultados de una perturbación orgánica o de una disminución
anormal de la capacidad funcional del aparato anímico. Me refiero a las funciones fallidas (equivocaciones
orales o en la escritura, olvidos, etc), a los actos casuales y a los sueños de los normales y a los ataques
convulsivos, delirios, visiones, ideas y actos obsesivos de los neuróticos. Estos fenómenos -en cuanto no han
pasado, como las funciones fallidas, totalmente inadvertidos- se ha venido adscribiendo a la Patología,
esforzándose en hallarles explicaciones fisiológicas que jamás han resultado satisfactorias. El psicoanálisis ha
demostrado, en cambio, que todos estos fenómenos pueden ser explicados e integrados en el conjunto
conocido del suceder psíquico por medio de hipótesis de naturaleza puramente psicológica. Nuestra disciplina
ha restringido así el radio de acción de la Fisiología, conquistando, en cambio, para la Psicología una parte
considerable de la Patología. La máxima fuerza probatoria corresponde aquí a los fenómenos normales, sin
que pueda acusarse al psicoanálisis de transferir a lo normal conocimientos extraídos del material patológico,
pues aporta sus pruebas independientemente unas de otras en cada uno de dichos sectores y muestran así que
los procesos normales y los llamados patológicos siguen las mismas reglas.
De los fenómenos normales a que nos venimos refiriendo, esto es, de los observables en hombres
normales, dedicaremos atención preferente a dos: las funciones fallidas y los sueños.
Las funciones fallidas, o sea el olvido ocasional de palabras y nombres, el de propósitos, las
equivocaciones orales en la lectura y la escritura, el extravío de objetos, la pérdida definitiva de los mismos,
determinados errores contrarios a nuestro mejor conocimiento, algunos gestos y movimientos habituales, todo
esto que reunimos bajo el nombre común de funciones fallidas del hombre sano y normal ha sido, en general,
muy poco atendido por la Psicología, atribuyéndose a la «distracción» y considerándose derivado de la fatiga,
de la falta de atención o de un afecto accesorio de ciertos leves estados patológicos. La investigación analítica
ha demostrado con suficiente certeza que tales factores últimamente citados constituyen, todo lo más,
circunstancias favorables a la producción de los fenómenos de referencia, pero nunca condiciones
indispensables de la misma. Las funciones fallidas son verdaderos fenómenos psíquicos y entrañan siempre
un sentido y una tendencia, constituyendo la expresión de determinadas intenciones, que a consecuencia de la
situación psicológica dada no encuentran otro medio de exteriorizarse. Tal situación, es, por lo general, la
correspondiente a un conflicto psíquico y en ella queda privada de expresión directa y derivada por caminos
indirectos la tendencia vencida. El individuo que comete el acto fallido puede darse cuenta de él y puede
conocer separadamente la tendencia reprimida que en su fondo existe, pero ignora, en cambio, casi siempre y
hasta que el análisis se lo revela, la relación causal existente entre la tendencia y el acto. Los análisis de las
funciones fallidas son, muchas veces, fáciles y rápidos. Una vez advertido el fallo por el sujeto, su primera
ocurrencia suele traer consigo la explicación buscada.
Los actos fallidos constituyen el material más cómodo para confirmar las hipótesis psicoanalíticas.
En un trabajo que data de 1904 he reunido numerosos ejemplos de este orden, con su interpretación
correspondiente, colección que ha sido luego aumentada por las aportaciones de otros observadores.
El motivo que más frecuentemente nos mueve a reprimir una intención, obligándola así a contentarse
con hallar expresión indirecta en un acto fallido, es la evitación de displacer. De este modo olvidamos
tenazmente un nombre propio cuando abrigamos hacia la persona a quien corresponde un secreto enfado o
dejamos de realizar propósitos que sólo a disgusto hubiéramos llevado a cabo, forzados, por ejemplo, por las
conveniencias sociales. Perdemos un objeto cuando nos hemos enemistado con la persona a quien nos
recuerda o que nos lo ha regalado. Tomamos un tren equivocado cuando emprendemos el viaje a disgusto y
hubiéramos querido permanecer en donde estábamos a trasladarnos a lugar distinto. Donde más claramente se
nos muestra la evitación de displacer como causa de estos fallos funcionales es en el olvido de impresiones y
experiencias, circunstancia observada ya por autores preanalíticos. La memoria es harto parcial y presenta una
gran disposición a excluir de la reproducción aquellas impresiones a las que va unido un afecto penoso,
aunque no siempre lo consiga.
En otros casos el análisis de un acto fallido resulta menos sencillo y conduce a soluciones menos
transparentes a causa de la intervención de un proceso, al que damos el nombre de desplazamiento. Así,
cuando olvidamos el nombre de una persona contra la cual nada tenemos, el análisis nos hace ver que dicho
nombre ha despertado asociativamente el recuerdo de otra persona de nombre igual o semejante que nos
inspira disgusto. El olvido del nombre de la persona inocente ha sido consecuencia de tal relación, resultando
así que la intención de olvidar ha sufrido una especie de desplazamiento a lo largo de un determinado camino
asociativo.
La intención de evitar displacer no es la única causa de los actos fallidos. El análisis descubre en
muchos casos otras tendencias que, habiendo sido reprimidas en la situación correspondiente, han tenido que
manifestarse como perturbaciones de una función. Así, las equivocaciones orales delatan muchas veces
pensamientos que el sujeto quería mantener ocultos a su interlocutor. Varios grandes poetas han comprendido
este sentido de tales equivocaciones y las han empleado en sus obras. La pérdida de objetos valiosos resulta
ser muchas veces un sacrificio, encaminado a alejar una desgracia temida, no siendo ésta la única superstición
que aún se impone a los hombres cultos bajo la forma de un acto fallido. El extravío temporal de objetos no
es, por lo común, sino la realización inconsciente del deseo de verlos desaparecer, y su rotura, la de
sustituirlos por otros mejores.
La explicación psicoanalítica de las funciones fallidas trae consigo, no obstante la insignificancia de
esos fenómenos, cierta modificación de nuestra concepción del mundo. Hallamos, además, que el hombre
normal aparece movido por tendencias contradictorias con mucha mayor frecuencia de lo que sospechábamos.
El número de acontecimientos a los que damos el nombre de «casuales» queda considerablemente limitado.
En cierto modo resulta consolador pensar que la pérdida de objetos no constituye casi nunca una casualidad, y
que nuestra torpeza no es muchas veces sino un disfraz de intenciones ocultas. Mucha mayor importancia
entraña el descubrimiento analítico de una participación inconfesada de la propia voluntad del sujeto en
numerosos accidentes graves, que de otro modo hubieran sido adscritos a la casualidad. Este hallazgo del
psicoanálisis viene a hacer aún más espinosa la diferenciación entre la muerte por accidente casual y el
suicidio, tan difícil ya en la práctica.
La explicación de los actos fallidos presenta, desde luego, un innegable valor teórico por la sencillez
de la solución y la frecuencia de tales fenómenos en el hombre normal. Pero como el resultado del
psicoanálisis no es comparable en importancia al obtenido en la aplicación de la misma a otro fenómeno
distinto de la vida anímica de los hombres sanos. Me refiero a la interpretación de los sueños con la cual
comienza el psicoanálisis a situarse enfrente de la ciencia oficial. La investigación médica considera los
sueños como un fenómeno puramente somático, desprovisto de todo sentido y significación, no viendo en ello
sino la reacción del órgano anímico, dormido a estímulos somáticos, que le fuerzan a despertar parcialmente.
El psicoanálisis, superando la singularidad, la incoherencia y el absurdo del fenómeno onírico lo eleva a la
categoría de un acto psíquico que posee sentido e intención propios y ocupa un lugar en la vida anímica del
individuo. Para ella, los estímulos somáticos no son sino uno de los materiales que la formación de los sueños
elabora. Entre estas dos concepciones de los sueños no hay acuerdo posible. En contra de la concepción
fisiológica, testimonia su infertilidad. A favor del psicoanálisis puede aducirse el haber traducido con pleno
sentido y aplicado al descubrimiento de la más íntima vida anímica del hombre millares de sueños.
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